Flor Lafuente es comunicadora y desarrolla cursos y programas de bienestar y felicidad, y enfoca su trabajo y entrenamiento en personas y emprendedores.

“Imagino un día en que el ejercicio mental sea tan importante en nuestra vida como el ejercicio físico y la higiene personal.”

Richard Davidson

Cuando se les pregunta a los padres qué desean para sus hijos, la respuesta más común es, “que sean felices”. Esto resume casi todo lo que uno puede querer. De hecho, los niños felices tienen más posibilidades de volverse adultos empáticos, optimistas, agradecidos, exitosos y… felices.

Pero, “que sean felices”, es una expresión de deseo. Para alcanzar la felicidad hay que trabajar por ello, hacer cosas que nos proporcionen bienestar.

Y bienestar no es atiborrar a nuestros hijos —o a nosotros mismos— de entretenimientos y experiencias que suplan la falta de otras cosas o los distraigan de sus verdaderas emociones.

La primera regla para criar hijos felices es trabajar por nuestra propia felicidad. El bienestar de los padres afecta directamente el de los hijos.

ARREMANGARSE

Ocuparse del propio bienestar y del de nuestros hijos implica primero un trabajo reflexivo y luego un cambio de conducta:

  • ¿Qué es el bienestar, qué abarca y cómo se satisface?
  • ¿Qué acciones debo poner en práctica, cuándo, con qué intensidad, en qué planos?

Ser feliz es una elección, una práctica diaria, un trabajo.

Está claro que guiar a los niños por el camino de la felicidad y darle las herramientas para que la elijan y practiquen es responsabilidad primaria de los padres. Y es nuestra responsabilidad, también, transitar el camino con ellos para darles el ejemplo.

Fred Rogers, educador, productor y conductor de un extraordinario programa de TV para niños sobre las emociones que se televisó desde 1968 a 2001 en Estados Unidos, captó la esencia de esta idea:

“Desde muy pequeños hemos tenido personas que nos sonrieron para que sonriamos, nos hablaron para que hablemos, nos cantaron para que cantemos, nos amaron para que amemos”. Y agregaría: “que intentaron ser felices para que lo seamos”.

Dice el filósofo y educador japonés Daisaku Ikeda: “Los niños crecen mirando a sus padres. No importa las palabras maravillosas que podamos decir. Si no están acompañadas por acciones, ellos no escucharán. Las vidas de los hijos están determinadas por cómo viven sus padres”.

¿Cómo construir un sistema familiar saludable y fértil para una crianza feliz? ¿Cómo desarrollar una mentalidad de crecimiento, crear la vida que soñamos y ayudar a nuestros hijos a convertirse en lo que quieren ser?

5 ELEMENTOS DE UNA VIDA PLENA

Las cinco dimensiones del bienestar integral que propone el psicólogo y profesor de felicidad Tal Ben-Shahar son aplicables tanto a adultos como niños de forma general y en particular con diferentes prácticas.

  1. Bienestar espiritual: ¿qué nos da un sentido de propósito? ¿Qué valores impulsan nuestras acciones?
  2. Bienestar físico: ¿cómo cultivar un respeto positivo por el cuerpo, tratarnos bien y ser conscientes de cómo el cuerpo afecta la mente?
  3. Bienestar intelectual: ¿cómo desarrollar y desafiar la mente al cultivar la creatividad y fomentar el aprendizaje?
  4. Bienestar relacional: ¿cómo contribuyen las personas que nos rodean a nuestra felicidad? ¿Cómo fomentar una relación sana con uno mismo?
  5. Bienestar emocional: ¿cómo aumentar las emociones placenteras y fortalecernos para lidiar con las emociones dolorosas?

Ben-Shahar advierte que hay que evitar caer en la trampa de pensar que si alcanzamos la felicidad y el bienestar en una dimensión de nuestra vida, todo lo demás encajará.

Por ejemplo, si bajara de peso (sería feliz), si el dolor se fuera (sería feliz), si encontrara mi propósito (sería feliz), si conociera a mi alma gemela (sería feliz), si tuviera un buen trabajo (sería feliz), si mis hijos se comportaran mejor, entonces sería feliz.

“El bienestar óptimo no proviene de la fragmentación, sino de la integración: el todo, no las partes”, explica Ben-Shahar.

QUÉ DICE LA CIENCIA

Volvernos más felices y criar niños más optimistas y dichosos es posible. Hay multitud de investigaciones que lo demuestran.

Trece años atrás, la psicóloga y profesora Sonja Lyubomirsky publicó su libro La ciencia de la felicidad, en el que demostró que gran parte de nuestra capacidad de producir felicidad depende de uno.

Según sus estudios, aproximadamente el 50 por ciento de la felicidad está genéticamente predeterminada (el punto de partida de cada uno), apenas el 10 por ciento se debe a circunstancias de la vida y un sorprendente 40 por ciento es resultado de la propia actividad intencional de cada persona. Es decir, de lo que cada uno hace y piensa.

“La clave de la felicidad —escribe Lyubomirsky— está en nuestro comportamiento, en las actividades que realizamos a lo largo del día y que podemos controlar de manera inmediata.”

FELIZ NO ES PERFECTO

Si mantener una actitud positiva es una tarea difícil para los adultos, para los niños puede ser aún más desafiante. Por eso, pretender que nuestros hijos piensen positivamente, sean pacientes, compasivos, agradecidos y felices dándoles lecciones o incluso clases aisladas, no funcionará.

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La presión de pensar positivamente y estar constantemente alegre ha vapuleado la definición de felicidad y la ha transformado en un deber. No se puede resistir lo que se siente ni es posible estar dichosos todo el tiempo.

No existen hijos ni padres perfectos. Somos humanos y debemos permitirnos serlo. Los niños se sienten más cómodos en un ambiente en el cual las emociones y los miedos tienen nombre. Porque los hace manejables.

Sin forzarlas, promoviendo actitudes positivas practicándolas uno mismo, daremos a nuestros hijos una señal de cuál es el camino correcto.

CUALQUIER MOMENTO DEL DÍA ES UNA OPORTUNIDAD PARA PROBAR ALGO DIFERENTE:

  • Apreciar y enseñarles a tus hijos a apreciar pequeños momentos de belleza. Demostrar gratitud por ellos en voz alta e invitarlos a descubrir las cosas por las que ellos están agradecidos.
  • Tratarlos con el respeto que merecen. Escucharlos, mirarlos con paciencia. Interrumpirlos o hacer otra cosa mientras nos están comunicando algo les envía una señal de impaciencia, de desinterés. La tolerancia y el respeto se enseñan con el ejemplo.
  • Recordarles siempre que los amamos tal como son. Que su valor es atemporal y que trasciende todo enojo.
  • Darles la oportunidad de ayudar a otros en situaciones simples y advertirles de aquellas situaciones en las que otros estén ayudando desinteresadamente.
  • No etiquetar todas las cosas de la vida. Dejar que los niños encuentren sus propios significados. ¿Qué es bueno o malo?
  • No resolver todo por ellos. Se debe respetar su necesidad de luchar en el proceso de aprendizaje. No es necesario intervenir y adelantar el resultado o mostrarles cómo resolver un problema. Todo aprendizaje implica una lucha. Y parte del sentimiento de logro tiene que ver con resolver las cosas con el propio esfuerzo. Como padres, debemos expresarles nuestra confianza en su capacidad de aprender y mejorar.
  • Intentar no confundir nuestras expectativas con su felicidad. Alentarlos a avanzar sin poner el peso en los resultados. A sentirse satisfechos por la actividad en sí.
  • No llenarlos de estímulos. Resistir la tentación de resolver su aburrimiento. No existen niños sin recursos creativos.
  • Tratar de ser el modelo de lo que predicamos. Incluido el de nuestra imperfección: no esconder tristezas, debilidades o fracasos. No hay buenas y malas emociones. Revelar nuestra humanidad hará que nuestros hijos aprecien su propio valor.
  • Introducirlos en la meditación y las prácticas de mindfulness. La meditación es una herramienta efectiva para aprender a crear momentos de calma, mejorar la atención y procesar emociones.

La lista podría seguir de manera indefinida. Esto un simple acercamiento a una tarea que debe ser rigurosa y planificada.

Hay numerosos programas de capacitación y actividades organizadas y escalonadas para implementar. De a poco iré subiendo material valioso en la Tienda (gratuito y pago).

La felicidad, como mencioné anteriormente, no se trata de llenar a nuestros hijos de diversión y entretenimiento de modo de que no se aburran, no se frustren o no sufran el fracaso. De esta forma solo lograremos que no sean capaces de distinguir sus gustos y preferencias, de elegir por sí mismos, de sentir la riqueza de las emociones humanas y, lo que es peor, de desarrollar una mentalidad de crecimiento.

Está claro que no queremos ver sufrir a nuestros hijos. Pero eso es inevitable.

Como dijo la escritora Anne Lamott: “No puedes correr junto a tu hijo adulto con protector solar y manteca de cacao en su viaje del héroe”.

Es una falta de respeto.

Lo que sí podemos hacer es entrenarlos para ser más resistentes emocionalmente de modo que puedan responder de una manera más saludable a la adversidad.

El neurobiólogo Richard Davidson, creador del Center for Healthy Minds y profesor de Psiquiatría en la Universidad de Wisconsin, explica que fomentar una mentalidad de crecimiento y una mirada positiva es importante, porque amplía el sentido de posibilidad y abre la mente, permitiéndole al niño desarrollar nuevas habilidades.

Los ejercicios mentales de atención plena o mindfulness, por ejemplo, son grandes aliados a la hora de generar nuevas conexiones neuronales en este sentido.

Davidson desarrolló el “Currículum de bondad” basado en la atención plena y meditación para niños en edad preescolar, que actualmente se usa en colegios de los Estados Unidos.

El objetivo es ayudar a los más pequeños a prestar más atención a sus emociones para procesarlas de manera apropiada.

“Este entrenamiento no es diferente de aprender a tocar el violín o practicar un deporte”, explica Davidson.

Entre los resultados del programa, Davidson destaca que “los niños elevaron su capacidad de atención, desarrollaron mayor competencia social y demostraron comportamientos más empáticos”.

Nadie dijo que sea fácil, pero es posible.

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