MOLINO MAYAL es una empresa que creció de la mano de una idea tan antigua como innovadora. Surgió luego de que sus dueños, de origen alemán, se instalaran en el país y vieran la necesidad de crear el producto que ellos estaban acostumbrados a consumir y que no encontraban a nivel local: harina orgánica molida a piedra. Gracias al método de producción empleado, la estructura molecular del grano no se rompe y se convierte en una excelente materia prima para la panificación ya que conserva las propiedades básicas del alimento. Elaboran harinas gruesas, medianas y finas de diferentes granos como trigo, centeno o candial en un ambiente cien por ciento familiar que conserva las tradiciones y los valores de su tierra natal.


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DEL CINE A EMPRENDER

Así como un giro propio de un guión cinematográfico, la vida de Manuela Y Antón tuvo un cambio repentino y un desarrollo inesperado. Tras 34 años dedicada a maquillar estrellas de cine, Manuela decidió dejar todo y emprender con algo que la hiciera plantearse nuevos desafíos.
“Hice muchos lindos proyectos en mi carrera y pensé que no había nada que pudiera superarlos. Entonces arranqué con esto que nos hace crecer y desarrollar. Ahora siento que es mi lugar.”
La idea era innovadora el país y tal vez por eso fue que le costó tanto en sus primeros años. Las harinas que se encontraban a nivel local eran muy gruesas y difíciles para trabajar o, peor aún, no tenían sabor. Fue entonces que Antón decidió adquirir un molino para fabricar su propia harina y hacer pan. Así lo que empezó como un juego terminó siendo el puntapié inicial para su emprendimiento.
Su primer desafío fue cuando llegó el container al puerto. “Tuvimos muchos problemas para importar el molino porque teníamos un precio acordado y salió mucho más. Una vez que lo instalamos lo teníamos que habilitar y seguir ciertas normas de SENASA. Fueron dos años muy dificultosos y agotadores”.

INICIO Y FRUSTRACIÓN

Así pasaron tres años de refacciones, puesta a punto e inversión hasta que un día llegó la inspección que les permitiría empezar a trabajar.
“Ese momento fue fabuloso pero duro porque no nos conocía nadie. Entonces tuvimos que dedicar otro año para hacer la marca e instalarnos y poder vender”.
Para ese entonces Ben, el hijo de la pareja, decidió dejar su puesto de chef por un tiempo para trabajar al lado de sus padres.
Su primer intento de venta fue a las dietéticas vecinas de la localidad de  Ingeniero Maschwitz donde viven, pero contra todas sus expectativas fue un fracaso. “Fue frustrante. No vendimos ni dos kilos de harina. Después Ben empezó a recorrer los barrios de la capital y volvía y decía que nos iban a llamar pero no llamaba nadie”.
Sin embargo, la frustración no los hizo abandonar sino que empezaron a buscar otras alternativas para hacerse conocidos y optaron por presentarse en ferias aunque el resultado fue el mismo: fracaso.

REDES Y CONTACTOS

Así siguieron intentando hasta que probaron en las redes sociales.
“No veía viable vender por las redes pero lentamente empezaron a caer personas y fue como un efecto dominó. Fue increíble”.
El alcance que tuvieron hizo que Diego Vega, un reconocido chef, les escriba para conocerlos y ese contacto se terminó convirtiendo en un antes y un después para MOLINO MAYAL.
“No llamó al molino y preguntó si nos podía visitar. Fue una charla interesante porque él es panadero y nunca tuvo acceso a un molino. Entonces vino y estuvo todo un día. Le explicamos lo que hacíamos y probamos diferentes fuerzas de piedras, tamices e hicimos todo tipo de harinas. Él salió muy impresionado por la posibilidad de ver todo el proceso. Fue un encuentro mutuo y lindo”.
Luego de su visita, Diego empezó a hablar de la marca y motivó a otros curiosos a interesarse por ella. Así se fueron generando valiosas relaciones que, sumadas a la conciencia orgánica que surgió en la sociedad, fueron un impulso mayúsculo para la empresa.

LA FERIA Y EL GRAN SALTO

El siguiente paso fue presentarse a la Feria Masticar. “Casi me desmayo cuando nos convocaron. No teníamos experiencia y llevamos la harina que creíamos que íbamos a vender pero la primera noche ya no tenía más nada y tuve que pedir más. No podía creer el interés que había. Fue un éxito”.
La euforia por haber dado ese salto tan importante y tan reconocido sólo se empañó cuando recibieron un llamado trágico: la fábrica se estaba inundando.
Manuela y Antón estaban de viaje en Alemania y fue Ben quien tuvo que acercarse a la fábrica para ver la situación. “Había mucha agua y no sabía qué hacer. Pensábamos que era el final y  nos angustiamos mucho”.
A pesar de esa amarga noticia, una vez más decidieron salir adelante, arremangarse y tratar de salvar su emprendimiento. Afortunadamente lo lograron.

LA FAMILIA UNIDA

En MOLINO MAYAL trabajan 3 generaciones. Los padres de Manuela, ella y su marido y su hijo. Todo queda en familia aunque a veces se hace duro.
“La mayoría de las veces funciona bárbaro y eso para mí es genial porque hay pocos nietos que pueden trabajar con los abuelos en conjunto”, sintetiza Manuela.
Respecto del producto, una filosofía acompaña la marca y hace que aún hoy, luego de un sostenido crecimiento, no hayan perdido su esencia.
“Esto no empezó como un negocio porque de ser así tendríamos que poner otro tipo de molino. Una harina refinada no alimenta porque en el germen y en las fibras está lo importante. La gente no tenía idea y a mí me faltaba eso.  No tratamos de evangelizar a la gente sobre la alimentación sino de darles una información. Nosotros creemos que este es un producto que tiene que estar al alcance de todo el mundo y no de una elite”.

 

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