MAXUS es la historia de un matrimonio con 5 hijos, a punto de perderlo todo. Y en el peor momento, esa búsqueda de una solución los llevó a descubrir un producto que tiene destino de revolucionar la industria de los productos de limpieza.

Se trata de una pasta concentrada que permite fabricar productos de limpieza, solo agregan agua. Lo que permite, sobre todo para el interior del país, la reducción de costos de traslado.

De un mes para el otro, pasaron de no tener dinero para pagar el alquilar a convertirse en líderes de venta en el comercio electrónico. Una historia que confirma que las crisis son oportunidades.


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ARRIESGARSE Y EMPEZAR DE CERO

A Andrés siempre lo motivaron los desafíos y las ganas de hacer algo propio. Esa iniciativa lo llevó a dejar un trabajo estable con un buen sueldo para encarar su primer proyecto. “Me habían ofrecido poner una fábrica de papel higiénico pero yo no sabía nada del rubro. Hice los números en un cuadernito y me cerraba por todos lados pero después me di cuenta que estaban mal hechos y que la realidad era otra”.  Su pequeño emprendimiento se tornaba inviable: un sueldo muy lejos de los esperado, máquinas que se rompían todo el tiempo y sueños que se desmoronaban día tras día.

Había que buscar una salida y surgió entonces que un día común de trabajo, ante una situación cotidiana, nació algo nuevo. Joana, su mujer, fue la ideóloga.  “Yo lo esperaba en la camioneta mientras él iba a cobrar y ahí me acordé que no teníamos jabón líquido. Como llegábamos muy tarde a casa, le dije que le compré al cliente que tenía productos de limpieza sueltos y volvió con un bidón de 5 litros que salía muy barato. Yo no lo podía creer y le propuse ser revendedores”

La idea creció a la velocidad de la luz y no hubo mucho tiempo para analizarla en profundidad. A las dos semanas empezaron a buscar un local y proveedores desafiando las opiniones de ajenos que no veían con buenos ojos que Andrés abandone otro trabajo y arriesgue su futuro y el de sus hijos.  “Juntamos lo que teníamos y pusimos todas las fichas en conseguir el mejor lugar para poder explotar desde el primer momento pero no fue una decisión acertada. Sólo nos alcanzó para alquilar un espacio y ponerle un poco de mercadería”. La sensación de euforia que reinaba en un principio se fue dispersando cuando encontraron que apenas completaban 100 metros cuadrados de los 450 que tenía su local y que habían quedado en cero luego de semejante inversión.

EL PEOR PANORAMA

Los que siguieron fueron momentos de angustia y de dudas. “Había dejado algo que funcionaba y me había quedado sin ahorros. Abrimos con todas las expectativas pero nos dimos cuenta que no era el mejor precio y que había un montón de cosas que no cerraban”. Andrés y Joana empezaron a poner plata de sus bolsillos para sacar la empresa adelante. Sin embargo, cada vez tenían menos stock y ante la desesperación por mantener la imagen de la empresa ante sus clientes “construyeron” una pared de papel higiénico detrás del mostrador para que no se vea la falta de mercadería.

“Aguantamos hasta donde se podía y un día le dije a mi señora de vender el fondo de comercio e irnos porque habíamos llegado a un momento crítico. El problema era que no se podía vender un fondo de comercio de un local que estaba vacío. Eso fue terrible. Empezamos a tener problemas de pareja, teníamos a una bebé recién nacida y había que pagar los colegios de nuestros otros hijos, el alquiler… Eran todos gastos”.

Hoy Andrés recuerda que ese fue su peor momento como emprendedor. Además de los problemas familiares que le ocasionó su negocio, iba perdiendo poco a poco el apoyo y la validación de sus amigos y de quienes lo rodeaban. Sentía que fallaba y que algo tenía que hacer para recomponer su vida laboral y familiar.

INNOVAR EN MEDIO DE LA CRISIS

Esa situación límite lo llevo a pensar en crear algo distinto basándose en sus necesidades y experiencia como comerciante. “Me estaban entrando pedidos mayoristas de todo el país y yo no tenía plata para invertir en un vehículo que me permita llevar grandes cantidades de productos. Entonces, lo analicé, hice muchas pruebas y pensé en hacer algo concentrado que se pueda transportar y preparar fácilmente y así ofrecerle una solución al cliente”.

Los primeros testeos fueron con sus clientes habituales. Les entregaban el nuevo producto y les ofrecían una devolución en caso de que no estuvieran conformes sabiendo que corrían riesgos de perderlos para siempre.  Él confiaba en las ventajas de lo que fabricaba y la más importante radicaba en el transporte. Se podía cargar en cualquier auto porque el volumen que ocupaba era el 10% del producto final y los compradores no necesitaban un montacarga para descargar ni un gran espacio para acopiar.

Cuando finalmente logró dar con la fórmula, lo hizo en completa soledad porque había perdido el apoyo de todos. A pesar de ello recordó a un viejo conocido con el que había integrado una banda y habían realizado varios intentos de emprendimiento sin éxito.  Levantó el teléfono, llamó a Tibor y le contó que había llegado el momento de la revancha.  Así, tras una larga charla, se unió a su proyecto y juntos llevaron adelante a MAXUS.

“Al principio fue difícil la aceptación porque nadie creía en el producto. Después se dieron cuenta que era igual al que usaban y que pagaban un precio mayor sólo por agua. Entonces se empezó a difundir de boca en boca por las redes sociales y eso fue muy importante para nosotros. La misma gente hizo que el producto se venda”.

Hoy MAXUS continúa su crecimiento de la mano de las franquicias, algo que Andrés planeó desde el momento cero. Lo que no imaginaba por ese entonces era que después de tanta frustración su fantasía de replicar su negocio en cada rincón de la Argentina se iba a hacer realidad.

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