Después de muchos años exitosos, y víctima de un gran stress, Eduardo abandonó su puesto de vicepresidente de una gran empresa láctea dispuesto a transitar un nuevo camino. Hoy recuerda “No tenía definido qué hacer, pero lo que si sabía es que no podía retroceder”.

 

Con la ayuda de un proveedor conocido compró una máquina y empezó una empresa de tapas de aluminio para productos envasados en potes o vasos.

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El primer cimbronazo los sorprendió cuando un gran cliente decidió no continuar con el negocio. Primero vino el golpe y luego Eduardo, con la experiencia como aliada, encontró una solución: entregar las tapas terminadas.

Una vez más el emprendimiento comenzó a crecer hasta que una falla inesperada en la fabricación de las tapas los complicó nuevamente. “Fue como un despertar de golpe”

Llevó tiempo detectar cual era el origen de la falla mientras el vínculo con el cliente se complicaba.

Finalmente un proveedor admitió ser el causante de la falla y pudieron corregir el problema.

Un nuevo desafío iba a golpear las puertas de Serviflex: su principal cliente incorporaba a una multinacional como socia y eso los obligó a pegar ese salto de crecimiento al que todo emprendedor se enfrenta con cierto miedo.

Serviflex empezó una etapa de mayor profesionalización y se mudó al Parque Industrial La Cantábrica, pero la llegada de la crisis del 2001 les causó una pérdida total de su capital de trabajo al no poder importar, además de una enorme caída de ventas producto de la crisis.

Eduardo recuerda: “Tuvimos que encarar el problema e ir para adelante”. Una empresa conocida les vendió una laminadora que se convirtió en una pieza fundamental para ese proceso de rearmarse frente a una crisis que golpeaba fuerte al país entero.

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